Los días finales de Beethoven

Si más larga hubiera sido la vida de Beethoven, aunque aquejada de los muchos padecimientos que lo acompañaron desde su primera madurez, sin duda mayores cimas habría alcanzado su expresión musical, pero era inminente el final de ese fluir inagotable de creación.
Cuatro meses antes de morir sufrió vómitos, diarrea y fiebre, seguidos de intensa ictericia y dolorimiento en el cuadrante superior derecho del abdomen. El examen físico reveló hígado nodular y edema en miembros inferiores. En los días siguientes la ictericia y la hinchazón aumentaron, y la producción de orina disminuyó progresivamente. El abdomen se distendió con líquido de ascitis, al grado de provocar dificultad respiratoria. A finales de diciembre de 1826, se realizó una primera punción abdominal con extracción de once litros de líquido, lo que le proporcionó alivio inmediato. Sin embargo, en el sitio de la punción desarrolló infección de la piel. En los meses siguientes se realizaron tres punciones más, complicadas con salida de líquido abdominal. Las intervenciones se realizaron siempre en la casa del compositor, mediante la introducción de un tubo de vidrio; en todas las ocasiones Beethoven resistió estoicamente esbozando apenas alguna queja cuando era intervenido.
Una mejoría transitoria le permitió empezar a trabajar los planes para una futura décima sinfonía y a entretenerse leyendo textos de clásicos, como Plutarco, Homero, Platón o Aristóteles, que le llevaban amigos cercanos. Por recomendación de un médico amigo, reinició la ingestión de ponches con base en ron, té y azúcar con lo que se animó durante pocos días, para luego recaer con cólicos y diarrea por el exceso de alcohol. A pesar de ello, solicitó a sus editores el envío de algunas botellas de “buen” vino del Rin.
Aumentaron progresivamente la falta de apetito, la constipación y el adelgazamiento del paciente. Durante los siguientes tres meses continuó deteriorándose, a medida que avanzaba la depresión. Tuvo periodos cada vez más frecuentes de hemorragias por nariz y boca.
Al mismo tiempo que el deterioro físico, su situación financiera llegaba a niveles extremos, al grado que los miembros de la Sociedad Filarmónica de Londres, enterados de ello, le enviaron cien libras esterlinas de plata, a lo que Beethoven respondió prometiendo: “cuando Dios me devuelva la salud, me dedicaré a expresarles mis sentimientos de gratitud con composiciones… Permitan tan sólo que el cielo me regrese pronto las fuerzas, y yo les mostraré a los magnánimos caballeros de Inglaterra cuánto aprecio su interés por mi triste destino”.
En realidad Beethoven había ya perdido toda esperanza, postrado como estaba, con el torso cubierto de úlceras decúbito, torturado día y noche por los gusanos que infestaban su lecho de paja empapado por el líquido ascítico que drenaba de su abdomen. En un intento, tan desesperado como inútil por mejorar su situación, los médicos aconsejaron un baño de vapor con hojas de abedul.
El 23 de marzo de 1827 escribió con grandes trabajos su testamento. Al día siguiente llegaron las ansiadas botellas de vino, solicitadas por él semanas antes. Al verlas, Beethoven murmuró: “¡Demasiado tarde!”
En la fase terminal se volvió comatoso. Todavía resistió durante dos días, respirando con gran dificultad, hasta el 26 de marzo, cuando expiró a las 5:45 de la tarde, justo en el momento en el que, según varios testigos, estalló una fuerte tormenta con granizo, truenos y con rayos que iluminaron fugazmente el final de la agonía del compositor.
Al día siguiente de la muerte de Beethoven, el doctor Johann Wagner, asistente del Museo Patológico de Viena, realizó la autopsia del compositor. El interés principal fue el examen de los huesos petrosos para examinar el oído de Beethoven, por lo que ambos huesos fueron extraídos del cráneo, pero pronto desaparecieron sin que dieran lugar a conocimientos importantes sobre la causa de la sordera. El hígado mostró datos de cirrosis micronodular y los riñones tenían alteraciones compatibles con necrosis papilar. Sorprende que en el informe de autopsia no se hayan mencionado alteraciones intestinales.
Los restos mortales de Beethoven fueron desenterrados en dos ocasiones: una en 1863 y una segunda ocasión en 1888, cuando fueron trasladados, junto con los de Schubert, al cementerio principal de Viena.
Las causas médicas de la sordera y de las enfermedades de Beethoven han sido objeto de varios libros y de más de 30 artículos publicados en revistas médicas de prestigio. En otra ocasión analizaremos los intensos desacuerdos que estos temas han suscitado en los expertos. Por ahora se mencionarán las conclusiones de dos estudiosos de Beethoven.
Por un lado, Antón Neumayr, uno de los más acuciosos investigadores de la historia médica de Beethoven, hizo las siguientes conclusiones.
1. Sordera sensorineural iniciada por infección, tal vez fiebre tifoidea.
2. Enfermedad de Crohn, que sería también la base de las alteraciones oculares.
3. Cirrosis alcohólica y muerte por insuficiencia hepática.
La enfermedad de Crohn es un padecimiento crónico caracterizado por ulceraciones, fístulas y abscesos del intestino delgado y del colon, que producen accesos de dolor abdominal, fiebre y diarrea.
Según el doctor Neumayr, la fuente esencial de la irritabilidad exagerada de Beethoven, de su combatividad y su actitud dominante que rozaba en la arrogancia, fue casi seguramente debido a la intensidad inconcebible con la que trabajaba. Buscó, mediante pura concentración, controlar las ideas que bullían en su cerebro y luchó heroicamente para dar la mayor concentración posible a su inspiración creativa. Esta forma de trabajar extenuante le produjo un estado constante de tensión, empujando su sistema nervioso al límite.
Por otro lado, el musicólogo Solomon, considera que el cierre gradual del contacto auditivo de Beethoven con el mundo produjo inevitablemente sentimientos de doloroso aislamiento y aumentó sus tendencias hacia la misantropía y la suspicacia. Pero, según este autor, la sordera no alteró y, de hecho tal vez incrementó sus habilidades como compositor, al excluir su capacidad como virtuoso del piano como competencia para su creatividad, y al permitirle una total concentración en la composición dentro de un mundo de reclusión auditiva en aumento. En su mundo sordo, Beethoven podía experimentar con nuevas formas de experiencia, libre de los sonidos intrusos del ambiente externo; libre de la rigidez del mundo material; libre, como un soñador, de combinar y recombinar la materia de la realidad de acuerdo con sus deseos, en formas y estructuras nunca soñadas. En última instancia, Beethoven transformó todas sus derrotas en victorias… hasta su pérdida de la audición fue, en alguna forma indefinida, necesaria (o al menos útil) para completar su impulso creativo.
En tanto se aclaran con mayor precisión las causas de las enfermedades de Beethoven, recordemos con admiración el logro de una labor titánica, no sólo a pesar de la sordera sino, además con un cuerpo minado desde los primeros días de madurez por una implacable enfermedad

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