Levantarse tarde es algo genético

Dice el proverbio: “Al que madruga, Dios lo ayuda”. Sin embargo, los especialistas han descubierto que levantarse temprano no siempre es sinónimo de éxito. ¿Por qué y cómo los genes determinan los horarios de sueño y de vigilia?

dormir

“Yo soy madrugador, un buscador de éxitos, y me ha sido muy útil en el mundo de los negocios”, dice Otto Kroeger, consultor empresarial de Fairfax, Virginia, Estados Unidos. Kroeger, que se levanta a las 4 de la mañana, pregona ante sus clientes la ventaja de abrir los ojos antes del alba. “Durante 13 años, nunca me ofrecí a mí mismo más de cuatro horas libres de cada 24”, se ufana.

Para los que se levantan tarde, el amanecer siempre fue un punto de referencia ominoso. Y en la época actual se sienten aún peor. La escritora Cynthia Ozick, que se va a la cama después de las tres de la madrugada y se levanta pasado el mediodía, todo el tiempo se siente desaprobada por el mundo. “Ante los ojos de los demás, soy una criatura de malos hábitos”, dice. Cuando Ozick contesta el teléfono, siempre le preguntan, con voz acusadora: “¿Te desperté?”.

Pero también es cierto que los especialistas dedicados a investigar el tema del sueño han empezado a plantear dudas con respecto a las virtudes y los beneficios de despertarse temprano, ya que sus investigaciones demuestran que la hora en que uno se levanta tiene poco que ver con los ingresos o el éxito alcanzado, y que además los ciclos de sueño de las personas no están completamente bajo su control.

Por la tribu

Los científicos llaman “alondras” a los madrugadores y “búhos” a los que duermen hasta tarde, y hablan de personas matutinas y vespertinas para describir sus respectivos ritmos circadianos. Los investigadores creen que tan sólo el 10% de las personas son alondras extremas. Otro 10%, búhos extremos; y el 80% restante se encuentra en un término medio. Afirman que el factor más importante que determina a qué grupo pertenece la persona no es la ambición, sino el ADN. “El horario de sueño está determinado genéticamente, tanto en las alondras como en los búhos”, dice Mark Mahowald, director médico del Centro Regional de Alteraciones del Sueño, de Minnesota. Aunque casi todas las personas tienen un poco de alondra y un poco de búho, para otras, alterar los hábitos de sueño es como querer cambiar la estatura o el color de ojos”, concluyó Mahowald.

Christopher Jones, director del Centro Sueño-Despertar de la Universidad de Utah, afirma que, así como existen personas matutinas, los científicos han identificado la existencia de moscas y ratones matutinos. Las variaciones de la pauta de sueño, agrega, posiblemente hayan beneficiado a las especies. “Toda la tribu se beneficia si hay alguien despierto de noche que pueda escuchar los pasos del león sobre la hierba”, concluyó.

“Hay profesiones enteras que tienden a atraer a las alondras –afirma Meir Kryger, profesor e investigador del sueño de la Universidad de Manitoba–. Por ejemplo, banqueros y médicos.” Los búhos, por su parte, se inclinan por el entretenimiento, la hotelería y las artes.

Tal vez la mayor bendición que han tenido los búhos para mantenerse a la altura de las alondras ha sido Internet. Muchos de ellos emplean las primeras horas de la madrugada para hacer compras, pagar sus cuentas y ocuparse de sus trámites bancarios on line.

Los médicos dicen que hay algunas opciones para las personas desesperadas por cambiar su ritmo circadiano. Según afirman, se puede probar con terapias leves, melatonina y dosis grandes de vitamina B12, que contribuyen a ajustar el reloj biológico. Pero como los hábitos de sueño están tan arraigados, el tratamiento debe seguirse estrictamente durante bastante tiempo, por lo cual resulta, para muchos, poco práctico.

Y, por supuesto, para los madrugadores más disciplinados, la sola idea de convertirse en esclavos de una noción tan caprichosa como los ritmos circadianos resulta un signo de debilidad. El mensaje que tienen para los dormilones es: consíganse un despertador. Para ellos, levantarse tarde y tener un trabajo de horarios variables es una cuestión de perdedores.

Por Warren St. John y Alex Williams
The New York Times/LA NACION

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