Las profecías del argentino Parravicini

En los años 1933 a 1940, un arginto llamado Benjamín Parravicini hacía curiosos dibujos adornados con un texto, que constituyeron anuncios tan exactos como increíbles. Hacía los dibujos estando consciente, pero su mano se movía para hacerlos a pesar suyo. A veces surgían a mitad de la noche y en previsión de ello tenía a todas horas, junto a su cama, papel y un lápiz. Dibujaba en la oscuridad, sin ver lo que hacía. Algunos dibujos parecían anticipar lo que sucedería en unos años más. Era el suyo un panorama sombrío, que terminaría con una era de amor y paz, coincidiendo con el regreso de Cristo a la Tierra.

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Dibujos premonitorios de Parravacini

 

En 1937 realizó un dibujo en el que anunciaba no sólo el estallido de la II Guerra Mundial, sino que también el de la bomba atómcia sobre Hiroshima. Otro se refería, en 1938, a los cuatro año sque Francia sería ocupada por III Reich y que la bandera de la cruz gamada ondearía en la torre Eiffel. En el mismo año, otro dibujo anunciaba la muerte, casi al mismo tiempo de Hitler y Mussolini. El siguiente año, uno de los dibujos mostró el fin del reinado de Chian Kai Chek en China y el triunfo del comunismo en ese país.

En 1938, Parravicini ilustró uno de estos dibujos con el siguiente texto: “El papado cambiará sus normas. La misa será protestante sin serlo. Los portestantes serán católicos sin serlo. El Papa se alejará del Vaticano en varios viajes y llegará a América” . El año anterior, Parravicini había escrito que el mar avanzaría y que se derretirían los casquetes polares, así como se desplazarían los polos. No daba el año de 1982, como habían hecho Jeanne Dixon y Edgar Cayce para señalar cuándo sucederían estos cataclismos. El profeta argentino se limitó a decir que después de utilizar las armas apocalípticas, la humanidad tendrá que buscar refugio en las cuevas subterráneas y volver a empezar una nueva era.

También profetizó que en Argentina reinaría una verdadera libertad y alcanzaría un completo bienestar. Esperemos que por lo menos esa buena profecía se cumpla para suerte de nuestros hermanos argentinos.

Tomas Doreste, Oceano

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