La historia de los vibradores

A todos nos causa curiosidad los juguetes sexuales, que conforme pasan las tabúes sexuales, se usan con más regularidad. Sin embargo,  muchos desconocen que este juguete no es un invento moderno.

Los primeros registros sobre su uso fue en la época de Hipócrates para combatir la histeria utilizando los dedos masculinos ya que por aquel entonces, la autoestimulación femenina era muy mal vista (y aún en la actualidad hay quienes piensan que es incorrecto practicarla). Como dijo Avicenna, otro de los fundadores de la medicina moderna, “las mujeres con histeria no deben tocarse: ese es un trabajo para los maridos y los doctores”.

En la mitad del s. XIX, se consideraba que el 70% de las mujeres eran histéricas crónicas, y el masaje clitoriano fue considerado como único remedio a este “problema”. Los únicos que podían darles semejante medicina eran los doctores y sus maridos.

Muchos pensarán que hubiera sido una buena idea ser médico en ese entonces, pero la cosa no era tan fácil ni placentera. Tener que brindar masajes por varios minutos a muchas mujeres durante el día debió haber sido un trabajo arduo. Así que en 1860 se creó la hidroterapia íntima, la cual consistía en estimular el órgano femenino con un potente chorro de agua. Estos balnearios eran extremadamente caros y poco prácticos (se debía permanecer en el chorro entre 5 o más minutos hasta llegar al clímax) por lo que había que buscar otra solución.

Antepasados del Rabbit

Bautizado con el explícito nombre de Manipulator, el primer masajeador vibrante clitoridiano se fabricó en Inglaterra a mediados de 1870. Era, básicamente, una tosca mesa de madera con un agujero en medio para encajar la pelvis femenina, a la que se aplicaba una esfera vibrante conectada a una máquina de vapor. Aunque funcionaba, seguía siendo un aparato costoso y engorroso.

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En la década de 1880, un médico inglés llamado Joseph Mortimer Granville desarrolló el primer vibrador con forma fálica, una máquina de efectos milagrosos, cuyo único problema era su tamaño industrial. La paciente se tumbaba en un diván y el doctor le aplicaba el vibrador electromecánico en la entrepierna, consiguiendo un orgasmo en unos 10 minutos, más o menos.

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La empresa Weiss no tardó en fabricar en serie estos instrumentos, reduciendo su tamaño y modificando sus mecanismos para ponerlos en marcha mediante baterías, pedales, manivelas y, finalmente, corriente eléctrica. La vibración, que iba de 1.000 a 7.000 pulsaciones por minuto, “curaba” hasta a las “histéricas” más patológicas. Los aparatos se fabricaban en serie y se vendían a través de revistas o por prescripción médica.

En 1899, el naturalista John Muir inventó un vibrador para hombres. Atado con correas al cuello y a las piernas, estimulaba el pene para tratar afecciones como la espermatorrea. Los vibradores masculinos se seguirían vendiendo durante el siglo XX como máquinas para “descargar la próstata” o “estimular la circulación”.

La domesticación del consolador

A principios del siglo XX se comenzaron a construir motores más pequeños que dieron pie a la fabricación de vibradores de menor tamaño. Así se creó el vibrador doméstico, que fue patentado en 1902 por la empresa estadounidense Hamilton Beach of Racine y el cual se convirtió en el quinto aparato eléctrico en invadir los hogares, mucho antes que, por ejemplo, la plancha eléctrica.

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Por ese entonces más personas iban y compraban los vibradores por diversas “dolencias” entre ellas el estrés, la histeria, para mantenerse más bellas, entre otros muchos pretextos. Modelos como el Miracle Ball-Grip Massager o el Gyro-Lator se hicieron muy célebres e incluso se publicitaron en periódicos con frases como “La vibración que proporciona vida, vigor, fuerza y belleza” o “Instrumentos para la tensión y la ansiedad femenina”.

En 1917, en los hogares norteamericanos había más vibradores que tostadoras; aunque desaparecieron de los consultorios médicos, seguían considerándose aparatos clínicos para proporcionar relax a las mujeres más inquietas. En la primera mitad del siglo XX, el mercado de este tipo de artefactos estaba en alza, y docenas de prototipos fueron patentados. Algunos de ellos todavía pueden conseguirse a través de eBay, lo cual demuestra su excelente factura. Muchos pueden verse en el Vibrator Museum.

La inocente función clínica que tenían los vibradores se desvaneció con la aparición de las películas pornográficas. Cada vez más personas empezaron a ver con malos ojos a estos aparatos, convirtiéndose de ser una medicina, a una perversión para el sexo femenino.

La mala fama del vibrador se acentuó a partir de 1952: la Asociación Americana de Psiquiatría decidió que la histeria femenina no era más que un mito y que la terapia vibradora era, simple y llanamente, una sesión de masturbación. Aún así, el consolador se siguió vendiendo como “tecnología camuflada”, con imaginativos diseños de las más extrañas formas y colores.

En 1973 el feminismo tomó auge y la sexóloga Betty Dodson comenzó a brindar terapias de masturbación grupales utilizando al Hitachi Magic Wand, un masajeador corporal con forma de gran micrófono que, según ella, era capaz de espabilar hasta el clítoris más atrofiado. Ese mismo año, Eve’s Garden, un sex shop sólo para mujeres, se inauguró en Nueva York. Cinco años después, Good Vibrations de San Francisco fue la segunda tienda erótica femenina de América.

La autoestimulación femenina ya era un hecho y en los 80s la conservadora Adminstración Reagan incluyó vibradores en su lista de consejos para prevención del SIDA y el sexo seguro.

En el siglo XXI más y más mujeres se unen a poseer la última tecnología en consoladores. Lo más novedoso en estos aparatos es eledildonics, vibradores sexuales cuyas velocidades y movimientos se controlan por control remoto desde un ordenador. Ya no vienen disfrazados de aspiradoras, y se pueden conseguir en cualquier parte.

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